¿POR QUÉ MENTIMOS? PDF Imprimir E-Mail

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Sin tener que recurrir a definiciones precisas, sabemos sin duda alguna lo que son las mentiras. Todos las hemos usado y las hemos padecido. Nos gustaría erradicarlas y, sin embargo, terminamos por aceptarlas como un mal necesario e imbatible.
 ¿Por qué? ¿Por qué mentimos a pesar nuestro? ¿Por qué aguantamos que nos mientan?

Diferentes formas de mentira
No pretendemos agotar los variadísimos matices que puede asumir la mentira; solo apuntar algunos de sus aspectos más corrientes.
 El silencio, el callar cuando debemos decir algo importante y verdadero, es una forma de mentir. Es abstención de la verdad.
 El disimulo lleva a actuar como si uno no supiese nada de nada o acabara de enterarse de algo que conocía sobradamente. Es evasión de la verdad.
 La mentira puede asumir el tan mentado aspecto de la “mentira piadosa”, o bien presentarse como auténtica mentira, aquella que tergiversa, falsea y transforma la verdad según los intereses y necesidades. Dejando de lado la piedad, que fuerza a moderar o alterar un poco la verdad, la que nos preocupa es la mentira pura, la más habitual en la convivencia diaria.

Diferentes formas de lenguaje
 Por muchos idiomas que un ser humano haya aprendido a usar, hay otros lenguajes que muestran facetas más íntimas de su personalidad; son lenguajes más ricos y significativos de lo que parece. El hombre se acopla a las características de los diversos reinos de la vida.
 De las piedras hemos copiado el estatismo, aquello de que no se nos mueva ni un músculo, al menos en el rostro. Equivale a la antes citada mentira del silencio.
 De las plantas hemos aprendido a movernos como las ramas, a impulsos de los vientos de las opiniones y en tan diversas direcciones que alguna de ellas no debe de ser acertada, porque no podemos asumirlas todas a un tiempo.
 De los animales tenemos el  lenguaje de los gestos, esos tan espontáneos que no dan oportunidad al engaño. Así, aunque las palabras digan una cosa, los movimientos del cuerpo, por imperceptibles que sean, dicen otra.
 El lenguaje propio de los hombres es rico, variadísimo… en mentiras y subterfugios. La ley de moda es aprender a decir la mayor cantidad posible de palabras sin decir nada, o diciendo lo contrario de lo que se quiere decir.
 No queremos afirmar con esto que la mentira sea el lenguaje propio del hombre, pero sí que todos los hombres saben jugar con el lenguaje adaptándolo a lo que les conviene decir, cosa que no pueden hacer las piedras, las plantas ni los animales. Lástima que esa plasticidad no se ponga al servicio de la inteligencia en lugar del de la astucia.

¿Por qué las mentiras?
En general, encontraremos un factor psicológico común a todos los casos, con los matices de rigor: es el miedo. Esa es la verdadera enfermedad, y las mentiras son sus síntomas o sus efectos declarados.
 Veamos el caso del que guarda prudente silencio. Lo suyo es miedo a arriesgarse. Intervenir y expresar su auténtica forma de pensar es comprometerse ante sí  y ante los demás, y eso requiere mucho valor.
 El que cambia de opiniones según sople el viento de las aceptaciones de moda, demuestra un miedo pavoroso a perder el aprecio de los de su entorno.
 El que disimula lo que siente y lo que piensa tiene miedo a mostrarse tal cual es, bien sea porque teme conocerse o porque no quiere que los demás le vean desnudo por dentro, lo que equivale a decir saberle indefenso.
 El lema es sencillo: si todos mentimos en las mismas cosas, esa mentira deja de serlo para convertirse en realidad.
 La mentira es una forma de falsedad que intenta ver las cosas de otra manera de como son en beneficio propio.
 ¿Hay maldad en esas mentiras? ¿Solamente miedo? ¿No habrá también un considerable menosprecio hacia el entendimiento y la inteligencia de los demás, de quienes presuntamente no tienen por qué advertir el engaño?

Efectos de la mentira
 Señalábamos el miedo como su principal factor desencadenante, al que pueden agregarse el egoísmo, la cobardía, la falta de seguridad en sí mismo, la fantasía descontrolada que no diferencia lo verdadero de lo falso, y aun la misma maldad, el deseo de dañar.
 Si tales son las  causas, los efectos no son menos terribles y peligrosos: es falsa, pródiga en resquemores y resentimientos, en heridas que inferimos sin freno, pero que no perdonamos viniendo de los otros. Nadie cree en nadie, y en cierta forma, cada cual desconfía un poco de sí mismo también.
 Se pierden horas incalculables en conversaciones donde se habla de lo que no es, y ese tiempo no se puede recuperar…
 Hay una falta de fe generalizada que va desde la amistad a la política, desde la ciencia a la religión. Si yo miento, ¿por qué creer que los demás dicen la verdad? ¿A quién creer sin retaceos? ¿De qué me quieren convencer? De aquí surge una ley que tampoco es verdadera: nadie dice la verdad, todo es mentira…
 La vida se vuelve más artificial y las relaciones humanas son ineficaces por estar asentadas en bases falsas e inestables. Para sobrevivir hay que aprender un nuevo idioma: qué me quieren decir cuando me dicen lo que dicen…

Algunas soluciones
 Lo fundamental es superar el miedo, pero no se le puede eliminar de buenas a primeras. Hay que sustituirlo paulatinamente por otras emociones superiores y de mayor calidad.
 Empecemos por la cortesía, en el sentido más sano del concepto: un respeto generoso por los demás y por uno mismo. La cortesía es, ante todo, comprensión y servicio, entrega sincera y elegancia de alma.
 Sigamos por el “conócete a ti mismo”. Decían los antiguos que ese era el primer  paso para conocer a los dioses y al universo, lo que implicaba conocer también a todos los seres humanos. Si los conocemos y nos conocemos de verdad, ¿vale la pena mentir?
 Algo más para continuar: controlar la fantasía degenerativa y ver la realidad con los ojos limpios.
 Y, por último, valor, mucho valor, olvidada virtud que no les falta a las piedras, a las plantas ni a los animales, pero que se esfuma en los hombres a medida que las presiones artificiales de la sociedad le vuelven temeroso y embustero.

 

DELIA STEINBERG GUZMÁN
Revista Esfinge n.º 4 / julio-agosto 2000

 
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