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La de hoy es una pregunta tan vieja como la misma Humanidad. ¿Qué es el amor? ¿Cómo encontrar a Eros, ya sin alas, en medio de tantas y tan variadas versiones que nos presentan las modernas sociedades? En principio, pareciera que el significado del amor se ha enriquecido hasta límites insospechados, ofreciendo cada vez más posibilidades de expresión. Pero, tras un análisis no muy profundo, las cosas se presentan menos claras. ¿Podemos llamar amor al vulgar entrechocamiento de cuerpos, tan cantado por las costumbres liberales? ¿O acaso lo llamaremos a los frecuentes cambios e intercambios que exigen los instintos saciados, hartos, de jóvenes y menos jóvenes que ya no encuentran interés ni atractivo en nada? ¿Es amor la gran cantidad de aberraciones con que intentan cubrir la carencia de auténticos sentimientos, el vacío emocional, en una palabra? ¿Caben en el amor las compraventas, las relaciones de un día, los lazos que se deshacen ante el menor inconveniente? ¿Y qué decir del desgaste progresivo que lleva del entusiasmo a la apatía y de la apatía al odio? ¿Puede haber olvido e indiferencia donde antes hubo amor? Eros se queda mudo ante mis preguntas. Solo atina a fijar su mirada en sus alas rotas… Y en la raíz de lo que fueron sus plumas brillantes, surge una gota, mezcla de sangre y lágrimas sin dueño. En el cristal de la gota se reflejan viejas imágenes, que al verlas, me obligan otra vez a preguntarme por el Amor… Echo de menos ese sentimiento poderoso que pone luz en la mirada del que lo lleva, y que ilumina con la misma fuerza todo lo que toca. Quiero volver a encontrar el entusiasmo ilimitado de los enamorados que viven el mundo como si fuese sólo para ellos, que desprecian los obstáculos y se sienten capaces de arremeter contra todos los monstruos. ¿Qué se ha hecho del amor que trae consigo felicidad, éxtasis callado, ansias de estallar porque el corazón se queda pequeño? ¿Dónde están el hombre y la mujer que ofrecen el uno al otro todo lo que tienen, antes de pedir nada? ¿Dónde los que saben perdonar, esperar, confiar, ayudar, comprender, mirar mas allá de unos cuerpos que están destinados a envejecer? ¿Dónde está la gloriosa certidumbre de haber encontrado al ser que nos hace falta para completar nuestra andadura por el mundo? ¿Dónde se ha escondido el lenguaje sin palabras, pero tan rico y expresivo, de los que comparten una misma ilusión, idéntica esperanza? ¿Dónde los detalles exquisitos, el afán de belleza, el homenaje delicado, el agradecimiento siempre renovado del que ama y se sabe amado? ¿Dónde la pasión romántica que hace del ser humano un dios mucho más poderoso que sus simples instintos? ¿Dónde quedaron los amantes que lograron el milagro de detener el tiempo, borrar el espacio y espantar a la misma muerte? ¿Dónde encontrar a los que han hecho un altar de su unión, de su entrega, de su fidelidad, de su sinceridad? Eros sigue sin responder. Pero, sin embargo, en él se encuentra la clave de mis preguntas. Él también va por el mundo buscando seres a los que inspirar ese sentimiento que es su razón de ser. Y puede que esos seres estén mucho más cerca de lo que él y yo, con mis preguntas, sospechamos. Aquí, allí, en donde pongamos la mirada, puede haber hombres y mujeres que, sin atreverse a confesarlo, buscan al Dios del Amor. Porque cuando sean muchos los que vivan las cimas indescriptibles de tan elevada emoción, Eros recuperará sus alas y volará nuevamente por el éter, alentando y protegiendo el amor de todos los que aman. Delia Steinberg El héroe cotidiano
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