BOSQUEJO DE LAS LEYES DE LA HISTORIA Y DEL PROGRESO HUMANO PDF Imprimir E-Mail
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BOSQUEJO DE LAS LEYES DE LA HISTORIA Y DEL PROGRESO HUMANO
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Nicolás Salmerón Alonso

(REVISTA EUROPEA. NÚM. 79, 29 de agosto de 1875) 

La vida del hombre en la Tierra, aunque finita, debe ser una bella imagen de la vida de Dios, a cuya semejanza con rítmica gradación se eleva. Una vez levantados el espíritu individual y la conciencia de la Humanidad a la fuente misma de donde toda realidad y toda vida emanan, deben hallar en ella las leyes biológicas, absolutas, universales y necesarias, bajo las cuales determina libremente el hombre los hechos, creencias, costumbres instituciones que han de dar por resultado, mediante la cooperación divina, la mejor y más libre y bella obra que en la limitación humana quepa, comparable sólo a la infinita y absoluta que Dios, como Ser Supremo, eternamente realiza.Gravísimo y lamentable error es, por tanto, pensar que basta para la Ciencia de la Historia el conocimiento empírico de los hechos. El objeto entero de la Historia es la Vida una del Ser y de todos los seres finitos bajo Dios: su comprensión puede ser limitada para el ser finito; pero la Historia misma es la obra infinita de Dios vivo. Y claro es que, no resolviéndose la vida en la mera afectividad, no basta para su inteligencia verdadera la esfera estrecha de la pura experiencia. ¿Qué significaría la simple exposición de hechos? ¿Qué valdría la descripción de razas, pueblos o edades, si bajo cada una de estas particulares determinaciones no se contuviera en la Historia humana algo de esencial y permanente, que como tal subsiste por toda la duración de los siglos y puede ser en todos tiempos conocido? El conocimiento de los hechos, como aisladas fenomenalidades, no sólo carecería de sentido, sino que seria imposible. De aquí que todos, aún sin darse cuenta de ello, busquen un criterio para entender las manifestaciones individuales de la vida humana. Más todo criterio es insuficiente e irracional si no se funda en el concepto entero de la vida. Considerar un acontecimiento o una institución, aunque sean los más grandes que la historia presente, como la razón de todo el progreso humano, es ciertamente contrario a la esencia y ley de la Vida misma[1]. Sólo, pues, subordinando a ésta todos los hechos, y refiriendo constantemente la efectividad a la esencia del ser que vive, podemos penetrar en el verdadero sentido de la Historia, y fijar con entera seguridad libres, cuanto en nuestra limitación quepa, de una torcida dirección y de trascendentales errores, las leyes que rigen al desenvolvimiento humano.



[1] De aquí nacen los graves errores de la llamada escuela histórica. TOMO V.



 
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