| PRÓLOGO PUESTO A LOS ESTUDIOS SOBRE RELIGIÓN |
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PRÓLOGO PUESTO A LOS ESTUDIOS SOBRE RELIGIÓN DE G. TIBERGHIEN Si es un deber universal humano producir ingenuamente la vida desde la intimidad de la conciencia, en ninguna esfera ha de regir con más obligado imperio que en la religiosa, donde la unión personal con Dios, y mediante Dios con todos los seres en el mundo, según su propia divina dignidad, sólo puede consumarse en el inviolable santuario del espíritu. Faltarían a él los que han consagrado su vocación en la tierra a la causa del bien, y serían infieles, a lo que de ellos la sociedad y la Patria reclaman, si no procuraran, dando vivo testimonio de su conciencia religiosa ante Dios y los hombres, acelerar el definitivo triunfo de la fe y la piedad racionales, únicas capaces de preparar fecundo suelo para las semillas que deposita el pensamiento en sus laboriosos surcos. Madura reflexión por largo tiempo proseguida, con serenidad de ánimo ejercitada, aguijoneada por las violentas turbaciones del tiempo, y, no vacilamos en decirlo, piadosamente inspirada en las divinas palabras del Cristo, “adorad a Dios en espíritu y en verdad”, han conducido en nuestros días, aun a aquellos que perseveran todavía en la fe de los dogmas cristianos, a proclamar el principio de la libertad de la Iglesia, en vez de seguir la política romana, que compromete en las ruinas del culto oficial la existencia del cristianismo, y aun, por tiempo, de la religión misma en las sociedades católicas. Este generoso movimiento ha hallado en España escasos favorecedores. No es hora ya de promover cismas, ni de levantar protestas, ni de formar sectas nuevas; los tiempos del protestantismo han pasado, si ya no fuera antipático al genio de nuestra Patria, y no es día hoy de invocar a Dios para dividir a los hombres, sino para hermanarlos en el común destino que el Padre celestial grabó en sus almas. Contemplando la misión providencial del Cristianismo, que aparece como un hecho de vida de la conciencia religiosa, y siguiendo la Historia de los primeros siglos de la Iglesia, en que aquel hecho humano, divino, se formula en doctrina y se ofrece como ideal a las nuevas sociedades, redimidas de la servidumbre gentil del espíritu, no es lícito desconocer en él una verdadera revelación de Dios mediante el Cristo. Mas la revelación es relación permanente, eterna, de Dios al hombre; en ella radica el absoluto fundamento de toda religión, el cual según es gradualmente recibido y determinado por la conciencia en su progresiva cultura, y a favor de la asistencia divina en la Historia, constituye la serie de manifestaciones positivas en que la unión esencial de los seres finitos bajo el Ser Supremo se consagra. Con este sentido, no definitivo, cerrado, petrificado, sino libre, vivo y de todos lados abierto al ulterior progreso y educación de la conciencia humana, es licito estimar al Cristianismo como la más perfecta santificación hasta hoy del espíritu religioso. Sus principios fundamentales: la Unidad de Dios, como Ser Supremo y Providencia del Mundo; la Unidad humana sobre toda diferencia de razas, gentes y sectas, según la fundó Cristo y la predicó el Apóstol, y cuyo divino germen ha ido desenvolviendo la razón científica hasta afirmar la idea de la Humanidad universal, celestial ciudad de todos los seres finitos, pero inmortales en Dios; la Piedad, como el sentimiento de la íntima unión y subordinación personal de la criatura al Creador; la Caridad, como lazo divino de amor entre todos los hombres y de sagrado respeto a la propia dignidad de todos los seres en el mundo, y la obligación de realizar, bajo estas leyes de vida, todas las relaciones de nuestro destino, amando nuestra Perfección como precepto de Dios y procurándola con claro conocimiento y recta obra, semejante a la vida divina, constituyen un puro y santo ideal, ciertamente, el más noble que hasta hoy formulara la Historia o inspirara el sentido de comunión alguna positiva. Ahora, ¿con qué sentido debe ser abrazado y realizado ese ideal? Que no es la Religión la fe pasiva y ciega en determinadas representaciones de la suprema relación entre Dios y el hombre, ni menos la práctica servil y mecánica de los ritos y ceremonias del culto, los cuales degeneran en grosera superstición y declinan en gentil idolatría si no se entienden y producen como delicada expresión sensible de la idea religiosa y de su íntima penetración pos toda la vida en espíritu y corazón, lo declara ya el Cristo, que amargamente censura al Fariseo y recibe como hermano en Dios al Samaritano[1]. Pide la Religión de parte del hombre, la dignidad moral de la conciencia, sin la cual fuera aquélla impura y profana. Mas la moralidad, a su vez, exige conocimiento y sentimiento del bien, como fin último de la vida. Concebirlo y amarlo como misión divina de nuestro ser. y de aquí traducirlo con recta y firme voluntad en obras libres: tal es la propia sustantiva esfera de la moral. Y con efecto: en su racional naturaleza, esencialmente buena, halla el hombre la inmediata raíz de la virtud, y en la recta y libre posesión de sí mismo, en la plenitud de su conciencia, puede elevarse a recibir el fundamento absoluto del bien, como único destino de todos los seres bajo Dios, y principio único de las determinaciones de la voluntad; sobre todo motivo particular egoísta, que si por tiempo le aparta de su ley y retiene en el mal, debe ser corregido y subordinado al divino organismo del bien. el cual abraza y compone en bendita armonía las universales relaciones con que dotó la Providencia a la criatura racional. Sin esta previa santificación moral, la verdadera Religión es imposible: sus creencias fueran torpe superstición, y menguada hipocresía sus prácticas. Hoy más que nunca importa al hombre sinceramente religioso, afirmar la sustantividad de la moral en su propia razón, si no ha de caer el espíritu, de un lado, en el ateísmo a que propende la llamada Moral independiente[2], ni ha de cerrarse, de otro, el único camino posible para formar la conciencia religiosa y hacer que la Religión no decline en creencia de temor, que llama a rebeldía o enojo y apoca la libre vigorosa expansión del ánimo para la virtud, o en estrecha fe, que aísla y enemista a los hombres, haciéndoles pensar que, fuera de su comunión, la dignidad moral no existe; ¡como si Dios no fuera providencia para todos, y en todos no se diera la razón! Nunca fue por esencia el Cristianismo religión de temor, aunque las circunstancias, más que los hombres, tal carácter por tiempo le prestaran, a fin de imponerla sensiblemente a gentes incultas; ni en angustioso claustro de secta se aprisionó su idea cuando anunció la catolización del mundo, por más que el espíritu de dominación hiciera pensar a sus adeptos que las formas particulares de un dogma debían prevalecer, reduciendo a monótona uniformidad la libre voz de las conciencias, y despertara en ellos el genio maléfico de la intolerancia y la enemiga, escindiendo el reino indiviso de Dios, y marcando con sangre y fuego la división de los humanos; ¡torpe error el de quien. por tales torcimientos de nuestra limitación, imaginara que la Religión era venida al mundo para dividir, cuando ella es la libre unión en el amor divino! En la lucha y oposición aún reinante, aparte la hostil separación de comuniones dogmáticas, otras relaciones hay todavía que deben concebirse y practicarse con este mismo espíritu de paz y de concordia. Hablamos de las que median entre la ciencia y la fe, y entre la Religión y la Política. En cuanto a lo primero, es evidente que no descansa la Religión en la fe ciega a lo supuesto infalible, sino en lo indagado y reconocido por verdadero, siendo los eternos principios de verdad, sabidos por la Ciencia, fundamento de la fe racional, en cuanto ésta toca al límite efectivo de nuestro conocimiento[3]. Según lo cual, tanto más pura y recta, tanto más levantada y firme es la fe en Dios y en la suprema eficacia de su gobierno providencial sobre los seres finitos, cuanto más claro y cierto es el pensamiento de aquél y más intensa y propia la luz de su absoluta verdad en la conciencia. Sin saber por principios la posibilidad del conocimiento de Dios para el espíritu finito, la fe es mera superstición, y en el fondo del alma yacen las frías sombras del escepticismo. Afirmando en este sentido la divina alianza de la fe religiosa con la Ciencia, obedecemos la bendita palabra del Apóstol, quien no se contentaba con menos que obsequio racional; seguimos la santa aspiración del Obispo de Cantorbery, que dictó la ley del orbe católico en aquella hermosa sentencia: fides quaerens intellectum; y nos inspiramos, sobre todo, en el providencial movimiento de la Historia, la cual nos enseña cómo sirvieron Platón y Aristóteles a la formación de los dogmas cristianos. Cierto, no ha sido siempre de amoroso consorcio la relación entre estas superiores esferas de la vida; la Teología dogmática, por el imperio de su idea, hizo sierva a la Filosofía; y ésta, en cambio, no sólo procuró ir levantando el yugo que tenía por ominoso, sino que renegó de aquélla y aun de Dios para sellar su independencia. Hoy, según las más puras señales de los tiempos, aspiran ya a reconciliarse estos dos principios sustantivos, pero armónicos, de la conciencia: que no hay dos conciencias, una para la Religión, y otra para el saber, siendo uno mismo el espíritu científico que el religioso, y uno mismo el objeto absoluto de la Ciencia con el fundamento supremo de la unión de los seres en la vida. Sublime alianza ésta, que con divino regocijo deben recibir los hombres sabios y piadosos, y que habrá de preparar, aunque disten los tiempos, la feliz concordia de todos los pueblos de la tierra en los eternos principios de la verdad y la belleza, de la caridad y la justicia. Menos íntima y universal, mas por las actuales críticas circunstancias de nuestro pueblo, no menos importante, es la relación de la institución religiosa, de la Iglesia con el Estado. Importa la política, en cierto modo, más mediata e indirectamente al hombre religioso. Y no es que neguemos ni desconozcamos la conexión de ambas esferas entre si, siendo una sola y misma la razón que a todas las del destino humano preside, y debiendo sancionar todas y penetrarlas de su divino aliento; sino que las varias parcialidades que se disputan la organización y gobierno del Estado, caben dentro de toda comunión religiosa, ninguna de las cuales, si es digna de su nombre, es llamada a ahondar las discordias de la Patria, más a hermanar voluntades y propósitos en la ley divina del bien y del amor, que aquí como en todas partes debe cumplirse, y cuya práctica en otras instituciones solo toca recomendar a la Religión desde la suya. Cierto, es de deplorar el carácter decididamente político y el tono que la Iglesia romana, de siglos ha, viene imprimiendo en sus declaraciones y sus actos, merced a lo cual se ha abierto un abismo entre ella y la civilización moderna, que divide la conciencia de los pueblos católicos en impía lucha, a que debiera permanecer, no en verdad indiferente, mas sí de todo punto extraño el hombre religioso, sin manchar la pureza inmaculada de su fe al roce de pasiones egoístas, perversas y profanas. El espíritu verdaderamente piadoso deja libre al Estado para constituirse como reclaman los principios de justicia, conforme van gradualmente entendiéndose y practicándose por los pueblos, aspirando tan sólo en lo interior a que la virtud ética del derecho, el respeto a la Humanidad, el delicado arte de la vida histórica, el generoso amor al bien, el sentido, en fin, de las cosas divinas, penetre, ennoblezca y purifique la gobernación de los pueblos y su severa obediencia al exclusivo imperio de la ley. Y en lo exterior, bástale que el Estado consagre la libertad de su fin, que puede ya bastarse a sí mismo, sin otro apoyo para su institución social que el espontáneo de los fieles de cada comunión; habiendo llegado la conciencia religiosa en las sociedades cristianas a un grado de madurez que hace, no innecesaria, sino por demás perjudicial toda tutela política ejercida aparentemente en su pro, y con que tantas veces ha impedido y menguado su independencia y su dignidad, tendiendo a convertir el ministerio de la religión en órgano servil de miras reprobadas (instrumentum regni). La hora se aproxima en que las más íntimas y adultas instituciones humanas vivan libremente de su propia vida en la conciencia del individuo y de la sociedad, mediante las condiciones que el puro interés, por sus respectivos fines racionales, ofrezca. Consagremos todos esta hora, exigiendo sólo del Estado que ampare la inviolabilidad de la obra religiosa, como una de las mayores y la primera y más total, por decirlo así, de la vida. iAh, qué misión tan noble la del clero católico de España, si en vez de sembrar, como la inmensa mayoría de sus representantes lo hacen, el odio contra el Estado, el odio contra la ciencia, el odio contra la industria, el odio contra la Historia, el odio, en suma, contra la Humanidad y la civilización y todos sus grandes intereses, confundiendo en un mismo anatema el vicio y la virtud, se aplicase, con su palabra y su ejemplo, a la austera predicación del deber y a la de la caridad y buenas obras! Si la voz de sus pastores no resonase con el nefando acento de la maldición y del encono, sino como un eco santo de los cielos, que consolase al triste, esforzase al débil, atajase al soberbio, sanase al enfermo de cuerpo y de espíritu, enfrenase la procacidad de las pasiones y despertase en los ánimos rencorosos, con el sentimiento de Dios, el respeto y amor entre los hombres. El espíritu religioso declina visiblemente en la sociedad, más que en la Ciencia: el ateismo práctico es de día en día la ley más universal de conducta; terrible responsabilidad incumbe en esta crisis a los que, por intereses profanos, dejan apagar la divina luz, cuya custodia les era tan principalmente encomendada. Para restaurar y mantener el espíritu religioso en las sociedades modernas, abriéndole más anchuroso camino, sirve poderosamente, en verdad, el libro a que preceden estas líneas, obra del ilustre Profesor de Bruselas, a quien tanto debe nuestra cultura nacional. Todos aquellos que, sea cualquiera su fe natural o positiva, sienten la necesidad de mantener, de avivar e ilustrar en su conciencia aquel espíritu, sin el cual la vida es un desierto, hallarán en sus páginas estímulo suficiente, que no les consentirá olvidar, en medio de las relaciones usuales y exteriores, la idea de Dios, punto místico de donde procede y adonde vuelve todo bien en el mundo. Por esto aplaudo y me asocio sinceramente al pensamiento de su publicación en nuestra Patria. Madrid, 1º de Abril de 1873. D. Nicolás Salmerón Alonso[1] Véase La Religión, por D. Tomás Tapia. Conferencia explicada en la asociación para la educación de la mujer. [2] Sobre la Moral independiente, V. González Serrano, Los principios de la Moral con relación a la Doctrina positivista. [3] Véase, sobre este punto, La Fe y la Ciencia, por Leonhardi. publicado en el Boletín-revista de la Universidad de Madrid, t. II. |
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